Museo Nacional de la Historia del Traje
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Ciudad Autónoma de Buenos Aires - República Argentina

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La Historia de la Moda en esta época nos muestra las diferentes siluetas que fue adoptando la figura femenina. Además de identificar un grupo, el traje permite la expresión de la propia personalidad. Particularmente durante este periodo la moda regreso, reinventó y transformó estilos anteriores -Directorio (fines del siglo XVIII); Moda Burguesa (1830-1840); Neo Rococó (1840-1850) -, en un juego de apariencias.
Esta selección de modelos pretende responder a la famosa frase de Coco Chanel: “La Moda pasa pero el estilo perdura”.
Los cambios tecnológicos ocurridos a mediados del S. XIX como la invención de la máquina de coser en 1840, ponen a disposición de los diseñadores tecnologías y materiales novedosos que renovarán la vestimenta.


Después de la guerra de 1914, nada fue igual. La sociedad cambió. Un nuevo estilo de vida fue adoptado, sobre todo, por las mujeres, que ingresaron de lleno en actividades fuera de casa.
Un estilo nuevo necesitaba una respuesta diferente en cuanto a la moda. Los grandes referentes de la alta costura lograron atuendos funcionales que cambiaban, según las circunstancias, telas, avíos y adornos.
Del práctico jersey al creppe de chine de seda natural bordada con cascadas de pedrería.
Este período es conocido como “Los Vibrantes Años 20” y abarca desde la terminación de la guerra (1918) al crack de la Bolsa de Nueva York (1929).

Las expresiones artísticas, las influencias exóticas (China, Japón, Egipto, Rusia) y el culto del jazz de los afroamericanos inciden sobre la vestimenta.

Las jóvenes lucen siluetas andróginas y delgadas, con cabellos cortados a la garçon, pestañas cargadas de kohol, lápiz de cejas negro, boquitas pintadas y colorete. Desenfadadas, liberadas, ríen y bailan, fuman y muestran las piernas.
El vestido cae recto desde los hombros, la cintura se traslada a la cadera y las faldas se acortan tres veces en el periodo. Las telas mórbidas (satén y rayón) cambian la lencería que se adaptan a los nuevos diseños.
La noche brilla y tintinea al ritmo del Charleston mientras las jóvenes juegan con sus largos collares y se disponen a vivir su propia vida.



...Envueltas en toallas de baño, la cara medio oculta por el volado de la gorra impermeable y con alpargatas para no mostrar los pies, corrían hacia el mar como si el trecho de la playa fuera una barrera de fuego; en el mar no se soltaban de la mano del bañista o formaban rondas entre varias dando chillidos; al salir, en la orilla, aunque “el traje de lustrina no se pega al cuerpo”, en un santiamén se cubrían con la toalla y rápidamente, con aires furtivos pero sonriendo como si acabaran de realizar una proeza, volvían a pasar entre los toldos que, además de los sombreros y gasas, amparaban del sol a las que por su edad no se animaban a desafiar a los elementos.
Las muchachas tardaban en reaparecer: arriba, en la casilla de tablas donde era necesario cerciorarse de que ninguna pupila indiscreta estaba pegada al agujero dejado por algún nudo de la madera, sobre un banco las esperaban la camisa, el corset, el corpiño, los calzones, las enaguas, el viso de seda, la blusa de cuello alto, duro de ballenas o de almidón, la falda aún más almidonada, las medias de seda y los zapatos ajustados y de taco alto. Y de una percha colgaba el sombrero que era menester colocarse y sostener con pinches ante un espejo que jamás lo abarcaba entero. Oliendo a polvo de talco y a agua de Colonia volvían al toldo y sólo entonces decían, un poco fuera de aliento:
-¡El mar estaba divino!

Mundo Mi Casa. María Rosa Oliver.
Refiere a los primeros años del Siglo XX.



¿Que pasaba en los '50?

El enfrentamiento entre EE.UU. y la Unión Soviética después de la 2ª Guerra Mundial, rara vez toma forma de conflicto abierto, manifestándose como una situación de hostilidad siempre presta a estallar. Esta situación, que fuera conocida como la GUERRA FRÍA, nació de la decisión de las dos grandes potencias de no ceder sus posturas, relacionada con el rechazo a otra guerra mundial. Toda la época estuvo dominada por el terror atómico.
En 1949 la Unión Soviética había igualado el potencial atómico de los Estados Unidos, el aumento del equilibrio en las relaciones internacionales estribó en el temor por la probabilidad de la destrucción total.
La muerte de Stalin, en 1953, y la política más flexible que siguió, trajeron consigo la relajación.
Desapareció el estado de tensión permanente, reemplazado por un período de calma interrumpido por crisis muy violentas: Suez (1956); Líbano (1958); Congo (1960); Cuba (1962), y Vietnam (desde 1963).


En Argentina, la década del '50 está enmarcada por la antinomia peronismo-antiperonismo.
El gobierno de Perón, caracterizado por un nacionalismo económico y político, sufre un rudo golpe con la muerte de Eva Perón, cuya personalidad tenía enorme arraigo en el pueblo.
En 1955, las FF.AA. dan un golpe de estado que obliga a Perón a abandonar el país.
En los años siguientes, las dificultades políticas y económicas son agudas, alternándose, sucesivamente, durante toda la década del '60, esfuerzos democráticos y golpes militares que sumen al país en un clima de inestabilidad y crisis política.

El progreso tecnológico desencadenado por la 2º Guerra Mundial empieza a hacer sentir sus efectos en la población civil: la televisión, los nuevos materiales sintéticos y los diseños aerodinámicos en multitud de objetos, desde automóviles hasta muebles.

La inversión cultural estadounidense exporta a todo el mundo occidental el “american way of life”. La familia tipo, compuesta por la pareja y sus hijos en contraposición a la familia extensa que también incluía a los abuelos y a otras personas dependientes, se transformó en la norma.
El ideal femenino consistía en casarse y vivir en una cómoda casa de los suburbios de las grandes ciudades, con jardín y una cocina dotada con todos los nuevos electrodomésticos: lavarropas, heladeras, licuadoras, tostadoras, etc.

Aunque estaba bien considerado que las chicas estudiaran e incluso que disfrutaran brevemente de una carrera profesional, un vistazo a las revistas femeninas de los años cincuenta basta para constatar que las prioridades eran el hogar, estar lindas y bien vestidas y cocinar ricas comidas para el marido.
Era casi una vuelta al papel tradicional de la mujer, después de la emancipación y el carácter adoptados a partir de sus ocupaciones en tiempos de guerra.

La producción en masa de géneros artificiales de bajo costo y de fácil mantenimiento, como el orlón, el rayón y el nylon, favoreció el estar “arreglada” siempre. En los libros de cocina de la época, aparecen mujeres perfectamente maquilladas, con zapatos de taco alto y luciendo sobre sus vestidos impecables, diminutos delantales, esforzándose por ser magníficas anfitrionas y buenas esposas.

La juventud estalla

En los sectores pobres de las grandes ciudades, donde se produce una lucha cotidiana por la supervivencia, aparece un fenómeno nuevo: “La delincuencia juvenil”. Será en los suburbios donde los jóvenes se familiarizarán con la violencia y la agresividad que hace que se conviertan, fácilmente en inadaptados y que la rebeldía, propia del adolescente, se encauce por la delincuencia.

Esto es captado, inmediatamente por el cine en películas como “Semilla de maldad”, “El Salvaje” y “Rebelde sin causa” que convierten, estas dos últimas, a Marlon Brando y James Dean respectivamente, en ídolos de la juventud de los '50.

La rebeldía y la incomprensión no sólo fueron patrimonio de los jóvenes marginados, sino que embanderaban a toda la juventud de la década que, una vez superada la crisis económica de posguerra, se encuentra por primera vez con dinero y con nada que le sea propio: ni música, ni ropa, ni clubes, ni identidad.

Tenían que compartir su mundo con el de los adultos. Pero el mercado advirtió que los adolescentes se habían convertido en unidades comerciales independientes, con gustos y necesidades diferentes, y empezaron a ofrecerles cosas: prendas de vestir que los identificaran como jeans, remeras y camperas; motocicletas, bebidas y música.

El rock and roll marcaría la época, y Elvis Presley lo convertiría en un fenómeno mundial.



Los ochenta fueron tiempos de expansión económica. Significó un regreso a los conceptos del capitalismo liberal y a la economía de mercado libre, dando origen a una nueva especie de individuos, los yuppies: “young urban professional” (joven profesional urbano); que cobraban sueldos fabulosos y se recompensaban a sí mismos con lo mejor del mercado en cuestión de ropa, tecnología y demás bienes de consumo.

Convertido en una auténtica amenaza, el SIDA comenzó a cobrarse las primeras víctimas en el mundo de la cosmética y de la moda, al tiempo que la gente comenzaba a preocuparse por las relaciones sexuales sin riesgo.

La caída del muro de Berlín demostraba el fracaso del comunismo e indicaba el fin de las “utopías”.

Al mismo tiempo que se disfrutaba de una enorme prosperidad económica las diferencias entre el primer mundo y los países periféricos se extremaba.
El medio ambiente constituía otra causa de preocupación, y la conducta de las multinacionales era objeto de una creciente vigilancia.

En los 80, el deporte parecía integrado a la vida de todos. El gimnasio se convirtió en un lugar de encuentro. Se promocionó el aerobic, mientras se abandonaban las dietas de hambre de los setenta. Las nuevas prendas deportivas y los jeans ajustados se llevaron a la calle para exhibir este esfuerzo cotidiano. Las zapatillas de deporte comenzaron a cobrar importancia dando pie a una actividad industrial que movería muchos millones.

A través del bombardeo de las imágenes de los medios de comunicación, tanto los hombres como las mujeres, recibieron un estímulo para percibir la moda como una representación y como un juego. Dos influencias de la alta costura dominaron la década de los 80: los italianos y los japoneses. Los japoneses (Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto) envolvieron a la mujer con fluidas prendas que ofrecían un atractivo y una sensualidad inmediatos.

Los italianos, como Armani, crearon la imagen de una mujer de negocios que asumió una cierta masculinidad. En el extremo de la ostentación y la vanguardia, Gianni Versace, presentó colecciones basadas en la más pura sensualidad femenina ataviada con estampados y colores llamativos.

Los orígenes de las grandes hombreras de los años ochenta también se encuentran en los culebrones estadounidenses Dallas y Dinastía.

Los norteamericanos, Donna Karan y Ralph Lauren fueron muy influyentes. Karan creo su propia marca en 1984 ganando popularidad entre las mujeres urbanas y activas, y Lauren fue el
Nº 1 del pret a porter americano e igualmente exitoso en sus líneas deportiva y de jeans.

En nuestro país, en 1989, se organiza la Primera Bienal de Arte Joven, incluyendo a la moda. Los jóvenes diseñadores juegan con los volúmenes, texturas y formas mezclando tradición e innovación.
Libertad e imagen es lo que importa. El futuro es ¡YA! Y no hay tiempo para pensar en lo que vendrá.





Hacia la mitad del siglo XIX se hace mención por primera vez a la vestimenta infantil en las revistas de moda. Se refiere, sobre todo, al traje de los más chiquitos para quienes los sastres especializados empezaban a proponer modelos creados para ellos. Hasta los 5 ó 6 años los varones llevaron siempre polleras tableadas sujetas al cuerpo del vestido, abiertas y abotonadas en el frente. A los 7 u 8 años, usaron chaquetas y un pantalón ceñido sujetado encima de la rodilla con botones.

Para finales del siglo XIX, en cuanto a las nenas, los vestidos dejan de ser la copia exacta de los de sus madres. Caían en forma recta, llevando generalmente un cinturón ancho, abierto, colocado muy bajo. Esta forma recta continuó en uso hasta los primeros años del siglo XX, con el nombre de “vestiditos a la americana”.

Hacia 1883 – 1886 en la época en que estaban de moda los polisones prominentes, las niñitas también los usaron, aunque un poco menos acentuados que los vestidos de las mujeres.

Periódicamente, surgieron blusas rusas y vestidos escoceses, pero sobre todo el traje marinero cuyo uso duró largo tiempo, siendo adoptado por niños y niñas por igual.
Tuvo su origen alrededor de 1860, con una forma muy parecida a la que se ve hoy, con los cuellos cuadrados bordeados con un galón blanco que se abría en punta encima de una pechera lisa o rayada e iba acompañado de pantalones rectos, cortos o largos o de una pollera tableada en el caso de las nenas.
Tuvo varias interpretaciones distintas. Pantalón corto, hasta debajo de la rodilla o largo, sarga blanca o azul, etc. Una variante del mismo, algo anterior a 1900, fue el “contramaestre” en el cual la blusa fue sustituida por una chaqueta abierta, encima de una pechera rayada que entraba en los pantalones o en la pollerita. Complemento indispensable era la boina del modelo de la marinería francesa, blanca con pompón rojo.

Los niños estaban, en 1914, todavía muy lejos de que se los vistiera con las prendas blandas y cómodas que llegaron con la moda del género de punto y las telas elásticas.
Sin embargo, la transformación de los trajes infantiles se limitó a seguir las formas cada vez más simplificadas de la indumentaria de los adultos.